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«Dieta Maduro»: Venezolanos están cada vez más flacos por la escasez de alimentos

Mientras Nicolás Maduro está cada día más “kilúo” (gordo), los venezolanos pobres buscan comida en la basura y los de clase media pierden peso de forma alarmante, debido a una alimentación “de subsistencia”.

La situación de penuria alimentaria en Venezuela tiene un nombre popular: “Dieta Maduro”, aunque el presidente Nicolás Maduro Moros no sea exactamente un médico nutricionista. Como tantos otros pueblos de América Latina, el venezolano tiende a satirizar las crisis o hacer chistes de sus propios males, lo que para algunos puede ser señal de evasión y para otros, simplemente, la encarnación del refrán que reza “al mal tiempo, buena cara”.

El hecho es que la crisis de alimentos en el país suramericano es tan cierta como las fotografías de gente en condición de pobreza extrema que hurga en la basura buscando qué comer y que le han dado la vuelta al mundo. Pero al margen del impacto noticioso de esas imágenes, se encuentra una clase media cada vez más golpeada por el desabastecimiento y la tasa de inflación más alta del planeta. Es un grupo que integra el 20% de la población no pobre del país, gente acostumbrada a ciertos patrones y hábitos alimentarios que ahora hace malabares a diario para mantener estándares aceptables de nutrición y no caer por debajo de la línea de pobreza.

Cuando ven a un conocido que ha adelgazado notablemente, le preguntan con sorna si está haciendo la “Dieta Maduro”, pero al ser entrevistados se ponen serios. ¿Cómo le explicarían a un extranjero en qué consiste la “Dieta Maduro”? “Se llama así porque este gobierno nos ha impuesto una serie de leyes y condiciones que nos han limitado a nosotros mismos a ejercer libremente una alimentación adecuada o simplemente a nuestro propio gusto”, dice Yassir González, cocinero, temporalmente retirado de los fogones para ganarse mejor la vida como vendedor de una empresa textil y tratar más bien de maximizar los recursos en las hornillas de su propia casa.

Yassir vive en el estado Mérida, en su vivienda no hay gas directo y su reacomodo doméstico empieza por racionar el gas para cocinar, ya que las bombonas (tanques de gas) son cada vez más escasas y, cuando “aparecen”, hay que hacer enormes filas para adquirirlas. Una fila más entre las tantas que se hacen en esta nación petrolera con gigantescas reservas de gas. Entre la inflación y el desabastecimiento, ha tenido que reinventar constantemente la dieta de su grupo familiar. En su casa han disminuido sobre todo la ingesta de carnes y harinas.

“Hemos tendido más bien hacia el vegetarianismo, a consumir más vegetales porque es lo más económico que se consigue”. Cabe señalar que Mérida es un estado agrícola por excelencia y allí los productos de la tierra suelen ser más baratos que en otras regiones. También han reducido las cantidades y para ello le ha servido su propia experiencia culinaria: “Mi trabajo me ha ayudado a que tengo que ser más estricto en la planificación de la comida. Yo compro ahora todo pesado y medido, prácticamente por porciones, en función del menú que elabore en la semana. Trato de combinar y balancear lo más que pueda”. Cuando se le pregunta si siente que ha perdido libertad en la alimentación, no vacila: “Total y absolutamente”.

Dieta de subsistencia

Margarita, comunicadora que labora en la industria gráfica y quien prefiere no dar su apellido porque su marido trabaja en el Ministerio de Alimentación, tiene una definición tajante de la “dieta” de marras: “Consiste en comer los requerimientos mínimos para poder subsistir, para mantenerte con vida y medianamente saludable”. A tono con esta afirmación, según la Encuesta sobre Condiciones de Vida de los Venezolanos (Encovi) publicada a mediados del año pasado y que elaboran las tres universidades más importantes del país, al 87% de la población no le alcanza sus ingresos para comprar los alimentos necesarios y la mayor parte de su dieta, basada en carbohidratos, es de “subsistencia”.

Pero habrá que esperar los resultados completos de la última encuesta, de la que solo se han revelado datos parciales este año, para ver qué nuevos cambios se habrán registrado, toda vez que en los últimos meses ha aumentado la escasez de pasta a precios regulados, arroz, harina de trigo y, sobre todo, harina de maíz precocida, ingrediente base del pan nacional que es la arepa. Si en estos últimos meses la “Dieta Maduro” ha hecho que la mayoría consuma menos carbohidratos, Margarita y su grupo familiar, por el contrario, han incrementado su consumo.

¿La razón? “Mi esposo trabaja en el Ministerio de Alimentación y, por lo tanto, una vez al mes nos venden un mercado con productos básicos”, entre estos pasta, arroz, harina de trigo y la cada vez más codiciada y escasa harina de maíz. Es un beneficio laboral reservado a los trabajadores públicos del sector Alimentación. Sin embargo, Margarita resiente la disminución forzosa en el consumo de otros alimentos.

“Me ha tocado ir racionando cada vez más la comida. Antes era un poco más laxa, pero entonces llegaba el momento en que me quedaba sin huevos o sin queso y teníamos que pasar cinco días sin consumirlos, porque volver a comprarlos era incurrir en un gasto para el que no estábamos preparados”. Además, Margarita restringe su propia alimentación a favor de su niño de 9 años y de su marido. “Si hay que racionar particularmente, trato yo de comer menos”.

Yuca con mandarina

Para Ángela Caballero, maestra jubilada y actualmente comerciante, la “Dieta Maduro”, como toda dieta, es de restricciones: “El Gobierno nos ha limitado muchísimas cosas, como por ejemplo poder adquirir pasta, arroz, quesos, mantequilla, aceite, alimentos para niños”. Igual que la inmensa mayoría, en su casa han reducido la ingesta de carnes y se lamenta por haber eliminado de su dieta el pescado: “Hemos tenido que suspenderlo; no tenemos el poder adquisitivo ni siquiera para comprar medio kilo porque es demasiado costoso”, una queja que también comparten Yassir González y, sobre todo, Margarita, nativa de la costa, quien añora comer pescado como lo hacía en otros tiempos.

Ángela apunta otras restricciones: “En vez de dos sándwiches, nos hacemos uno de tres pisos y ahorramos una rebanada. En vez de dos cucharadas de azúcar, cucharada y media. En vez de un café fuertecito, más guayoyo (largo, tipo americano) y sin leche (risas). Eso incide poco a poco en el peso corporal”. Además, ha tenido que reinventar su dieta según los insumos disponibles y bromea con el tema: “A mí me gusta la yuca, pero ahora estoy comiendo muchísima más yuca que antes porque en este momento es lo más abundante, igual que las mandarinas. Esa es la Dieta Maduro de la ‘temporada’: yuca y mandarina”.

Siete kilos

“Antes uno podía ir a comprar de todo y ahora no lo encuentra. Estamos comiendo no digamos ‘mal’, pero tampoco como comíamos antes y por eso todo el mundo se ha adelgazado”. Así describe la “Dieta Maduro” la señora Nelly, quien tiene como único ingreso fijo una pensión del Seguro Social que equivale al salario mínimo, sin bono de alimentación.

“Dejé de comprar yogur y eso me ha afectado bastante porque era una adicta al yogur. La leche completa tampoco, más nunca la he vuelto a ver”, asegura esta venezolana con cinco bisnietos quien, a pesar de su edad, se mantiene activa como corredora de bienes raíces pero lleva dos años sin cerrar ninguna transacción debido a la contracción general de la economía. Su voz se suma a la de los que han reducido el consumo de carnes, los que han aumentado la ingesta de pollo y huevos y los que compran pescado muy de vez en cuando, “como un lujo”. “He perdido siete kilos ya, en el último año”, dice.

Inflación y escasez

Carlos Olaizola, arquitecto y profesor de la Universidad Simón Bolívar, observa que las políticas económicas del Gobierno venezolano no favorecen la producción y limitan el consumo, lo que implica un cambio en las dinámicas familiares y sociales. La inflación, dice, ha obligado a la gente a buscar formas alternas de rendir el dinero. “Estamos hablando de que el sueldo de un profesor universitario titular, que es el grado más alto del escalafón universitario, con doctorado, a tiempo completo, no llega a los 120 mil bolívares mensuales (2.5 salarios mínimos), cuando la canasta básica en Venezuela está alrededor de los 600 mil. Cuando el ingreso está muy por debajo del costo de la cesta básica, eso implica cambiar los hábitos de consumo”.

Carlos no establece mayores diferencias entre la inflación y el desabastecimiento, porque entiende que ambas cosas están conectadas: “La inflación es en parte producto de la falta de producción. La falta de producción genera desabastecimiento. Las políticas económicas del Gobierno tienen que ver con la sustitución de la producción nacional por un sistema rentista ligado a los precios del petróleo, que es un modelo que no es de ahora, pero se ha hiperbolizado en estos últimos años de la revolución bolivariana. Tanto la inflación como el desabastecimiento vienen de la mano de un sistema político que los utiliza además como un elemento de control social”.

Dieta de libertades

Se podría pensar que ante la reducción en el consumo de grasas, harinas, azúcares y carnes rojas, entre otros alimentos, la clase media tal vez encuentre algún beneficio inesperado en medio de la crisis, pero no es así. Ciertamente, es saludable comer menos frituras, como dice Nelly; también tiene sus ventajas ejercitarse en la racionalización del gasto doméstico, según admite Carlos; no está mal aprender a diversificar la dieta, como reconoce Ángela; pero todos coinciden en que no puede haber beneficios en la coerción. “Es una cosa impuesta, no es voluntaria, es obligado, y yo diría entonces que obligado nada”, dice Yassir.

Igual de drástica es Margarita: “Nada obligado puede ser beneficioso. Cualquier cosa que atente contra tu libertad de escoger, la manera como te alimentas, la manera como vives, no puede ser beneficiosa”.

¿Alguna solución?

Margarita, Carlos, Nelly, Yassir y Ángela no han caído en la desesperanza, pero saben que el optimismo necesita asideros, mucho más ahora que el gobierno de Nicolás Maduro acaba de crear el llamado “Carnet de la Patria”, un mecanismo de control de acceso a los alimentos orientado en principio a las clases más desfavorecidas. Para la gran mayoría del país, no es más que la versión venezolana de la libreta de racionamiento cubana y en cualquier momento podría extenderse a toda la población.

A Margarita no le queda ninguna duda de que así será, que en un futuro toda la alimentación estará bajo el control oficial. No encuentra razones para no ser pesimista: “Justamente, ser muy optimistas nos ha llevado adonde estamos ahora. Siempre pensamos que ‘no, es imposible que estemos como está Cuba’, y cada vez estamos más cerca”. Yassir, por su lado, se niega a aceptarlo y dice que hará todo lo que pueda por evitar para él y su familia eso que ya algunos han llamado “carnetización del hambre”.

Por ello, su idea de solución es radical: “Muchas veces cuando el sembradío tiene muchas hojas malas, es mejor quemarlo completo y volver a arrancar de nuevo. Yo creo que la solución es esa, erradicar por completo este gobierno para comenzar desde cero”. Nelly abriga dudas, pero no pierde el optimismo: “Pienso que sí, que esto tiene que mejorar”.

Variaciones sobre el hambre

“Los datos preliminares de la Encuesta Condiciones de Vida de 2016 revelan que de 20 tipos de alimentos que debe consumir una persona para considerar que tiene una dieta adecuada, el venezolano come solo 4 de ellos, según el Observatorio Venezolano de la Salud. La organización alerta que la combinación de escasez y alto costo de los alimentos incide directamente en el registro de la doble carga de malnutrición en el país” (El Nacional, 31/01/2017).

“El tema de la fricción familiar, la zozobra, que algo que es tan básico como comer sea una limitante, saber que no te puedes comer una galleta, no puedes merendar, no puedes comer un huevo más de los que comes porque no vas a llegar a fin de mes, obviamente genera intranquilidad” (Margarita).

“Se han creado grupos de trueque por Whatsapp o Instagram. Son formas de contrarrestar las políticas restrictivas del Estado, que busca uniformar el consumo, pero la población busca formas ingeniosas de romper las limitaciones estatales” (Carlos Olaizola).

“Los que tienen acceso a las tres comidas experimentan un deterioro en la calidad de la dieta” (Marianella Herrera, investigadora del Centro de Estudios de Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela).

“Aparte de que no consigues suficientes nutrientes, reduces las dosis de comida. Obviamente vas a adelgazar más rápido” (Yassir González).

“Por ejemplo, en la Plaza Los Palos Grandes (urbanización de clase media de Caracas) las personas hacen cola (fila), hay una ocupación de ese espacio, principalmente por una razón utilitaria (hacer la cola para comprar), pero la gente se ve obligada o en la necesidad de intercambiar con otras personas que están en ese contexto. Ahí hay un momento en el que de pronto una persona de clase media del sector se ve en la necesidad de hablar con otra persona que viene de un sector popular y, en ese momento, yo creo que se da una posibilidad de reconocimiento mutuo y de darse cuenta, además, de que son dos personas que comparten la misma necesidad, aunque pertenezcan a grupos heterogéneos. Se rompe una barrera” (Carlos Olaizola).

15 de febrero, 2017

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