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Un año de Donald Trump en la Presidencia de Estados Unidos: un drama apasionante

Como corresponde a un hombre cuyo reality show terminaba cada semana con el despido de un participante, la tasa de cambio de personal en los más altos niveles del gobierno ha sido de 34%, la más alta de los últimos 40 años.

WASHINGTON, EE.UU. 23 ene. (AP) — Una descripción lúgubre de la “carnicería estadounidense”. Un rechazo enérgico de los logros de su antecesor. Una mentira flagrante desde el podio de la Casa Blanca. Todo eso sucedió en las primeras 24 horas. En su primer año en la Casa Blanca, Donald Trump ha demostrado ser un personaje singular, que echa por la borda normas y tradiciones, se pelea con su partido tanto como con la oposición y cambia la visión que se tiene de la nación y la presidencia en el propio país y el exterior.

Cada mañana ha traído nuevos titulares, a cual más alucinante, que hubieran definido la presidencia del cualquier otro. Pero en el ciclo noticioso hiperacelerado de la era Trump, muchos han caído en el olvido al día siguiente. Como corresponde a una exestrella de la televisión reality, el primer año de Trump fue un drama apasionante, lleno de personajes inolvidables, cambios inesperados en el elenco e innumerables giros en la trama.

Todo esto con el trasfondo de un país profundamente dividido, una amenaza nuclear inminente, susurros sobre la aptitud del presidente para ejercer sus funciones, y para colmo, bajo la sombra de la investigación de la injerencia rusa. Las críticas no son benignas. Las encuestas tampoco: la tasa de aprobación de Trump es de 39%, la más baja de cualquier presidente. Pero los espectadores no pueden apartar la vista. “Es un personaje político que uno se siente compelido a mirar”, dijo el historiador Jon Meacham.

“El país eligió al presidente menos convencional de nuestra historia y él ha demostrado ser justamente eso. Para mí, la historia del primer año es la del caos atmosférico generado, sustentado y perpetuado por el presidente”. Trump es el primer presidente que carece totalmente de experiencia en el gobierno o las fuerzas armadas. Y desde el primer momento de la juramentación, se hizo claro que jamás se había visto cosa igual en Washington.

Su discurso inaugural fue una apelación sombría a los olvidados de la nación, una insinuación de que se retiraría del mundo bajo la consigna de “Estados Unidos primero”. De allí se pasó a las declaraciones descabelladas del secretario de Prensa de la Casa Blanca acerca de la multitud que asistió a la juramentación. Poco después, otras multitudes ocuparon el centro de la escena. Millones de personas salieron a la calle alrededor del mundo para la “Marcha de las Mujeres”.

Ésta sentó la pauta de la llamada #Resistencia, que invadió los aeropuertos días después cuando la Casa Blanca anunció imprevistamente la prohibición de ingreso de personas de varios países musulmanes. Donald Trump no trataría de ganarse a esos manifestantes. Aunque perdió la elección popular por casi 3 millones de votos, el presidente siguió adelante como si contara con un mandato amplio, con políticas dirigidas directamente a su base —la derogación de protecciones ambientales o de los derechos civiles— y culpando a los demócratas por cada uno de sus fracasos.

Siempre necesitado de un enemigo, Trump gobernó como si siguiera en campaña. Además de recordar constantemente su victoria sobre Hillary Clinton, provocó peleas frecuentes y rara vez dejó pasar una crítica sin responder mediante su arma preferida: su cuenta de Twitter. Todo lo dicho previamente sobre moderar su uso del Twitter quedó rápidamente en el olvido. Usó sus ráfagas de 140 caracteres —luego de 280— para atacar a sus enemigos, difundir teorías conspirativas, felicitar la cobertura de Fox News, desconcertar al Congreso y enervar las capitales del mundo.

Donald Trump siempre pareció ávido de fomentar las divisiones, incluso las raciales. Lanzó su carrera política con la mentira de que el entonces presidente Barack Obama no había nacido en Estados Unidos, y días atrás fue denunciado por tachar a las naciones africanas de “países de mierda”, al sugerir un límite a la inmigración desde ese continente.

Como corresponde a un hombre cuyo reality show terminaba cada semana con el despido de un participante, la tasa de cambio de personal en los más altos niveles del gobierno ha sido de 34%, la más alta de los últimos 40 años. Se han ido el jefe de despacho Reince Priebus, el secretario de prensa Sean Spicer, el jefe de estrategia Steve Bannon y, al cabo de 11 días turbulentos, el jefe de comunicaciones Anthony Scaramucci. Pero dos de las salidas definen no solo el primer año de Donald Trump, sino tal vez los años próximos.

El asesor de seguridad nacional Mike Flynn fue despedido a menos de un mes, por mentirle al vicepresidente Mike Pence acerca de sus contactos con funcionarios extranjeros. En mayo, Trump despidió al director del FBI, James Comey, quien dirigía una investigación sobre la posible confabulación entre la campaña de Trump y funcionarios rusos durante la elección de 2016. El despido condujo al nombramiento del fiscal especial Robert Mueller, cuya investigación de la posible confabulación y obstrucción de justicia pende como una nube negra sobre la Casa Blanca.

Mike Flynn se declaró culpable de mentirle al FBI y está colaborando con la investigación. El mismo Donald Trump podría ser convocado a declarar. “Jamás hemos tenido un presidente con un primer año tan caótico. Cada día se vuelve todo patas arriba y se desorganiza, el país no ha estado tan dividido desde la Guerra Civil y Trump medra con sus propias torpezas”, dijo el historiador Douglas Brinkley. “Jamás hemos visto cosa igual, y la pregunta es: ¿cuáles serán las consecuencias?”.

23 de enero, 2018

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